
Allá por mayo empezó a hacer calor y yo empecé a tomar el sol en el balcón.
Me colocaba, bien orientada, con mi silla acolchada con cojines y toallas, otra para apoyar los pies, el libro que tocase en ése momento y el bikini azul, que me daba a mi la sensación de que realzaba lo blanchucha que me había quedado después de un invierno escondida. Pasaba un par de horas allí, hasta que la modorra me vencía, los ojos se nublaban y me daba cuenta de que había leído la misma línea unas tres veces... sin enterarme de nada.
Y me acuerdo un día que D estaba allí pero ya se iba, y se asomó al balcón para despedirse, me besó, y cuando se giraba para marcharse, se detuvo, me miró de arriba a abajo (de lado a lado, más bien) y tras un silencio, dijo: "No te desnudes" y se fue... dejándome asombrada y muerta de risa
Lo podría haber dejado así, pero empecé a pensar, cómo se le había podido pasar por la cabeza... aunque fuera broma... es algo yo jamás lo haría... y él, no lo sabe? no me conoce?...
Recuerdo entonces al "hombre-espejo", y una de sus demoledoras frases, esas, que dichas en el momento oportuno (qué bien sabía cuando llegaban esos momentos, el muy cerdo) me hacían sentirme una niñata estúpida...
"¡Qué mal te das a conocer!"
O qué bien me escondo, diría yo, porque, me doy cuenta, de que me he vuelto experta en hacerme la loca, en tirar balones fuera y en fabricarme una
yo alegre y superficial que me sirve de colchón, de escudo y de muralla.